“Amanecer Nº VI… jueves, día de ensayo”.
Están las tres historias enmarañadas en medio de instrumentos brillosos y expectantes.
Únicos.
Con ganas de ser acariciados y saboreados por esas manos y esos labios.
Ninguno de los tres elige hablar. Prefieren entregarse a ella, a la música. Ella es quien puede reparar la mala relación con una madre, la rutina de los lunes a viernes y la falta de trabajo.
Los acordes sobrevuelan por toda la sala, se agolpan en el medio, se zambullen, se inmolan.
Con forma de mujer, y escapando a un saxo satisfecho, sale y se abraza con el trueno de un piano revolucionario, para terminar en la alfombra con la percusión de los tambores, los triángulos, los cencerros y la caja también.
Locas las notas, loca la música, locos ellos, loco el tiempo.
El sillón negro, observa con satisfacción semejante espectáculo, y le guiña un ojo a la pared recién pintada, que mira desorientada para todos lados. Los mosaicos crujen al compás de las melodías, crujen y saltan siguiendo un compás que se inventaron. La biblioteca los aplaude.
Martín, Milena y Alejo entran en un éxtasis frenético que los envuelve y acurruca y protege ante tanta incomprensión. La noche se hace eterna. Ellos ríen, se agitan, se marean. La música, sólo la música los lleva a ese nivel de entusiasmo.
La pasión, la música. Sus oídos se llenan de colores que garabatean formas inusuales e inventadas, pero formas al fin.
No pueden frenar. El show no quiere acabar.
Desde la última butaca alguien grita un “bravo”, febril y embriagador.
Los tres se alinean y saludan a ese público que supo penetrar su inmensidad.
Ese público que supo comprenderlos, más allá de una madre loca, un trabajo de todos los días y una ex-pareja complicada.
Amanece… otra vez.
Pena de tener que enfrentar la vida sin el saxo, el piano y la percusión que acompaña.
Pena que hoy al reloj se le ocurrió marchar a tiempo.
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